Durante mucho tiempo el proceso de toma de
decisiones debió basarse más e el sentido común o la intuición que en el
empleo de herramientas formales. Sin embargo, el desarrollo de las
matemáticas, la estadística, la investigación de operaciones y la
computación, entre otras disciplinas, han puesto en manos de los
tomadores de decisiones una amplísima gama de herramientas
cuantitativas, y también cualitativas, que no sólo facilitan la toma de
decisiones en sí misma, sino que a la vez permiten formalizar este
proceso, mejorando, en consecuencia, la planeación, el control y la
organización, lo que conduce a una mejor evaluación de los resultados y
los riesgos.
Se puede decir que técnicas como la
programación lineal, que inicialmente se aplicaron casi sólo a problemas
de producción en manufacturas, en años recientes han sido aplicadas en
el ámbito de los servicios, mejorando así la asignación de recursos
escasos en decisiones de carácter financiero, mercadológico, de
personal, entre muchas otras.
Igualmente, la teoría de colas, los modelos de inventarios, la
simulación, la teoría de la decisión, los métodos de pronóstico, se
encuentran entre una gran cantidad de herramientas que pueden ser
empleadas, las cuales no sólo mejoran la visión de los problemas a los
que se enfrenta una organización, sino que también permiten mayor
precisión a la hora de decidir. Esto último es fundamental, ya que, por
ejemplo, en una empresa podría haber total acuerdo en el sentido de que
es necesario disminuir los costos, pero el verdadero problema consiste
en determinar exactamente cuáles costos disminuir y en qué proporción.
También es conveniente mencionar que todos
estos métodos, si bien se constituyen en un apoyo fundamental en la toma
de decisiones, no sustituyen al tomador de decisiones, quien, con base
en sus valores y objetivos, debe analizar los resultados obtenidos y
poseer la capacidad de implementarlos apropiadamente.